El invierno del Agua en Uruguay

Escrito por Daniel Pena 14/8/2023

 

El frío intenta tomar nuestros corazones, más que nuestros huesos. Adentro de la bolsa de nylon uno de los más de 2000 pingüinos muertos de hambre por la sobre-pesca en nuestras costas, “escondido” o “sepultado” por la Intendencia de Canelones junto a kilos de mugre marina. Paradójicamente rodeado de envoltorios de «alimentos» humanos, que recolecté en una breve caminata por la orilla del Yasyry (Solís chico). Atrás el Río con sus garzas blancas insistiendo en la vida. Más atrás, la bestialidad que sigue haciendo la Intendencia para desviar el Yasyry a base de geotubos de plástico, bolsas de arpillera de café brasilero, cientos de litros de nafta en maquinaria pesada, y más atrás las casas que hicieron lobby para que se hiciera esta obra.

Formando un círculo alrededor de la bolsa: una lata y una botella de cerveza, tres paquetes de galletitas, un tetrapack de salsa de tomate, una bandeja de comida de rotisería, una tapa de margarina, un envoltorio de helado palito, un pomo de shampoo, un fragmento de red de pesca de plástico, y por supuesto… una botella de plástico que tuvo agua en algún momento. Toda esa genialidad creativa humana para transportar y conservar eso que llamamos “alimentos”, parte  central del tan publicitado desarrollo sostenible, de la agroindustria amigable con el ambiente, y la civilización del “bienestar” (o deseo de consumo) para todos.

Ni hablemos de la esclavitud en los barcos pesqueros asiáticos que son los grandes responsables de esa muerte masiva de pingüinos, que según el Ministerio es “normal” por el proceso migratorio de estos simpáticos bichos. ¿Tan fácilmente creen borrar la percepción directa del desastre que tiene la gente en las playas? ¿Desde cuándo se esconden los animales marinos muertos en la orilla en bolsas de basura? ¿Qué les preocupa que se vea en medio de la sociedad del espectáculo?

El frío nos ha corrido por la espalda en estas semanas, y no porque la temperatura haya estado baja, de hecho tuvimos el récord regional del día más caluroso en invierno.

El gobierno, en un gesto de humor simbólico firmó el 18 de Julio (Día de la Independencia) un nuevo tratado colonial con Europa: un “memorándum” de acuerdos para promover el Hidrógeno Verde. Adivinen las condiciones… como desde 1492 Uruguay pone la materia prima (destruyendo sus suelos fértiles, aguas, y territorios en general) y Europa se saca cartel de “capitalismo verde” y sus aportes que modernizan a los pobres subdesarrollados del sur.  Nuevos préstamos para endeudarnos haciendo infraestructura a medida, inversiones extranjeras directas libres de impuestos, algunas promesas vacías de empleo, y obviamente, la extracción de inmensos volúmenes de agua (de ríos y acuíferos) y el uso acaparador de las tierras, siempre a costa de los pequeños productores. La llamada “segunda transición energética” no es más que un nuevo escalón del extractivismo neocolonial, ahora con color verde, pero con la misma lógica y consecuencias devastadoras.

En paralelo, el gobierno lleva a declarar ante la justicia a los compañeros de FFOSE por manifestarse con “bombas de humo” contra una de las peores ideas que han tenido desde 2020: el Proyecto Neptuno.

En Lavalleja la Audiencia Pública por la creación del Área Protegida de Arequita estuvo llena de tensiones entre las múltiples cartas de colectivos, guardaparques, productores agroecológicos y funcionarios de la salud que apoyan el proyecto en sus dos etapas, y algunos dueños de grandes extensiones preocupados por su posible pérdida de lucro. Parece que a todos nos preocupa el planeta hasta que nos cuestionan el negocio.

Vale recordar que Arequita forma parte de las cuencas altas del Santa Lucía, zona fundamental para la producción de agua de calidad para toda el área metropolitana, con importante presencia forestal, en expansión.

El 1ro de agosto fue el día límite de consumo de materias y energía del planeta, es decir el día a partir del cual todo lo que consumimos ya sobrepasa la capacidad de la Tierra para crear nuevas materias y digerir la basura que generamos los humanos. Desde ese día se calcula que estamos viviendo, por el resto del año, gracias a la materia y energía que le robamos a las siguientes generaciones. Nuestra voracidad demanda casi dos planetas, pero vivimos en uno.

La tristeza ha invadido muchos de nuestros cuerpos, tanta muestra de destrucción nos aplasta por momentos.

Siento que hemos entrado en el Invierno del Agua. Tras un período de hervor de las movilizaciones diarias, de la rabia y creatividad en la calle, fuimos pasando a un segundo momento de formación e intercambio en decenas de charlas y conversatorios, vimos aparecer asambleas en muchos barrios montevideanos, pero también en muchas ciudades del interior. Elegimos movilizarnos menos veces pero con gestos simbólicos más fuertes: señalar las empresas responsables del Saqueo como UPM y Salus-Danone, hacernos presentes en el puerto, salir del centro, hacer cines-foros. Llenos de pancartas, cánticos y danzas, toques, festivales, etc.. En la calle nos desborda la alegría de defender la vida, la de todos nosotros, humanos y no humanos.

Llevamos más de tres meses sin agua potable. Tras unas pocas lluvias, el inteligente y perverso gobierno bajó los niveles de sodio, pero el agua tiene insalubres cantidades de trihalometanos, hierro y quién sabe cuántos plaguicidas que ni siquiera se analizan. Ya no hay sabor, pero las sustancias tóxicas siguen.

Ahora creo que entramos en una tercera etapa, un poco más íntima, como el invierno, de estar más cerca, de articulación y acuerdo entre quienes estamos poniendo el cuerpo, de repensar lo que hemos logrado y lo que no, de reinventar las formas de activar, sensibilizar y denunciar. No nos vamos de la calle, pero estamos dedicando tiempo a laburar los puentes entre nosotros.

Pero además, la delirante destrucción en la que nos tocó vivir duele, indigna, entristece, nos desesperanza. Frente a eso, algunos eligen no ver, seguir en la pantalla, en la inercia de trabajo-consumo-espectáculo. Atorados de estímulos no tienen tiempo ni energía para sentir lo que pasa más allá de su ombligo adictivo y el de la farándula del momento.

Otros no soportan tanto, quedan paralizados de miedo con la catástrofe, intentan anestesiarse con psicofármacos, pero no siempre funciona e incluso hasta eligen terminar con su vida. Sí, Uruguay es uno de los países con más alta tasa de suicidio de América Latina, ni el boom consumista de 2013 mejoró los indicadores, y si no asumimos el mundo hecho añicos en que vivimos esta forma de enfrentar el dolor seguramente siga aumentando.

Creo que tenemos la imperiosa necesidad de atravesar este dolor juntos. Inventar las formas para hacerlo, al menos intentarlo. Hacer el duelo colectivo es tan importante como armar un plan de lucha u obtener el último dato revelador de las mentiras extractivistas.

Llorar las miserias y conectar con la belleza del mundo que aún queda, y todo el mundo que compuso nuestra historia personal-colectiva. Permanecer en el desastre, o “vivir en las ruinas” como dicen algunos. Compartir nuestras formas de relacionarnos de forma amorosa con la naturaleza, sostenernos en la amargura.

Acá las artes tienen un rol central: punto de encuentro, creatividad, transformación y digestión del padecimiento colectivo, denuncia o búsqueda de lo sublime, humor e imaginación siempre despierta. Pero también otros rituales más diminutos como un rato de juego cuerpo a cuerpo, compartir en una huerta comunitaria o un taller de tejido, o unos mates al sol “simplemente” contemplando.

En los últimos meses tuve la suerte de aprender con Ofelia Gutiérrez y Daniel Panario que el principal pincel de los paisajes es el agua. Esta sustancia logra moldear, con tiempo y muchas propiedades casi mágicas, todos los territorios. Con el frío, al contrario que otros elementos, se solidifica y expande, de esta manera logra romper rocas (también “podridas” por su efecto químico acumulado) que años después formarán los sedimentos que a su vez crean los suelos fértiles, de donde surgen nuestros alimentos. También el agua congelada tiene la capacidad de conservar semillas vivas por miles de años, esperando el momento oportuno para brotar.

El agua está pintando con trazos fuertes nuestros paisajes colectivos, nuestros paisajes afectivos, y su frío expansivo puede romper algunas rocas de insensibilidad, así como algunas piedras que nos separan entre grupos.

Ojalá podamos (re)componer en el frío, fortalecernos teniendo presente la primavera que se aproxima.

 

El invierno del Agua en Uruguay

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*